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Asociación cultural de Aikidô, arte marcial de origen japonés. Estamos en la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla.

Waterloo, el último combate de la Vieja Guardia

Como si se tratara de la última escena de un grandioso drama, la batalla de Waterloo representó el broche final de la era napoleónica, hace exactamente doscientos años.

Napoleón Bonaparte figura en lugar destacado en la historia militar. No en vano el pequeño corso tuvo en su puño a media Europa a principios del siglo XIX. Entre 1804 y 1815, el Imperio francés hizo frente a diversas coaliciones de naciones europeas que se oponían a la expansión de las ideas liberales heredadas de la República nacida de la revolución a partir de 1792. La respuesta francesa fue un expansionismo territorial que llevó a toda Europa a una guerra casi ininterrumpida hasta la derrota definitiva del genial militar corso en la batalla de Waterloo.

Pese al aura de invencibilidad que rodeaba al gran estratega, Napoleón ya había sido derrotado antes de Waterloo. En 1813 tropas de la Sexta Coalición cercaron y derrotaron cerca de Lepzig al ejército francés en la llamada Batalla de las Naciones, lo que condujo a la abdicación del Emperador pocos meses más tarde, ya en 1814, y su primer exilio en la isla de Elba. Sin embargo, tras unos meses en la pequeña isla italiana, Napoleón escapó y se inició el período final de su monarquía, el llamado “Imperio de los Cien Días”, entre marzo y junio de 1815.

En cuanto tuvieron noticias del regreso al poder de Napoleón, las cancillerías de Gran Bretaña, Austria, Rusia y Prusia – las naciones que le habían derrotado – iniciaron una actividad frenética renovando su alianza y comprometiéndose a movilizar un inmenso ejército de 150.000 hombres cada una para invadir Francia y aplastar definitivamente la amenaza de Bonaparte. Sin embargo, a principios de junio la mayoría de esas tropas todavía estaban atravesando Europa desde las lejanas Rusia y Austria, de modo que sólo dos de los cuatro ejércitos se habían reunido en las fronteras belgas: uno de ellos estaba al mando de Arthur Wellesley, duque de Wellington, y comprendía una amalgama de tropas británicas, belgas, holandesas y de varios estados alemanes, en total unos 100.000 hombres. El otro ejército era prusiano, al mando del anciano pero enérgico mariscal de campo Gebhard Leberecht von Blücher, con unos 117.000 hombres. El plan de Napoleón al invadir territorio belga el 15 de junio de 1815 era enfrentarse a esos ejércitos por separado, puesto que su Armée du Nord, integrada por unos 124.000 soldados, podía razonablemente batirlos uno a uno. Para ello era fundamental evitar que pudieran ponerse en contacto y presentar batalla juntos, dado que de ese modo los aliados tendrían una ventaja numérica abrumadora.

El 16 de junio se produjeron dos importantes acciones donde el ejército francés se enfrentó al ejército comandado por Wellington en la población de Quatre-Bras, y al prusiano en la de Ligny, para evitar que se unieran. Como consecuencia de ello, ambos aliados se retiraron derrotados hacia el norte en paralelo por caminos separados: Wellington hacia Mont Saint Jean (Waterloo) y Blücher hacia Wavre. Napoleón esperaba el movimiento del general inglés para defender Bruselas, pero no contaba con que Blücher se retirara hacia el norte, sino hacia el este, donde había estado acuartelado. Este hecho es clave para comprender mejor la batalla que se daría al cabo de dos días, el 18 de junio, en Mont Saint Jean.

Las cifras sobre la composición de los ejércitos que se enfrentaron en Waterloo varían de unos estudios a otros, y en cualquier caso no coinciden en cuanto sus autores tratan de ofrecer cifras muy detalladas. A grandes rasgos, un recuento plausible de los ejércitos enfrentados en Waterloo el 18 de junio arroja estas cifras: por parte de los aliados, el ejército al mando de Wellington estaba compuesto por unos 69.000 hombres, y el de Blücher contaba con unos 30.000. Por su parte, el ejército de Napoleón contaba en la jornada de Waterloo con unos 69.000 combatientes, de los cuales 48.000 eran soldados de infantería, 14.000 de caballería y 7.000 artilleros encargados de casi 250 cañones. Las cifras excluyen las bajas de los tres ejércitos por los combates de Quatre-Bras y Ligny, y al cuerpo de ejército napoleónico que desde el día 16 se lanzó en persecución de los prusianos para tratar de evitar la temida reunión de los ejércitos aliados.

El campo de batalla donde tuvo lugar este famoso enfrentamiento es sorprendentemente pequeño: casi 200.000 hombres se enfrentaron entre sí en menos de veinte kilómetros cuadrados. Nunca antes ni después se han concentrado en batalla tantos soldados en tan pequeño espacio. Además, durante la noche previa a la batalla llovió de forma copiosa, por lo que al amanecer del día decisivo, los hombres estaban en su mayoría ateridos de frío, cansados por no haber podido dormir y mal alimentados.

Wellington había elegido como emplazamiento para disponer sus tropas una loma cruzada por el camino principal que llevaba a Bruselas, por detrás de la cual se situaba el pueblecito de Mont Saint Jean. Waterloo estaba detrás de este último, y la batalla lleva este nombre por la insistencia de Wellington en cumplir una tradición británica según la cual la batalla recibía el nombre del lugar donde el comandante vencedor hubiera pasado la noche previa. Además de la loma donde estaba su fuerza principal, el general inglés había situado tropas en tres puntos fuertes: las granjas de Hougoumont, la Haye Sainte y Papelotte. La posesión de estos enclaves se revelaría una de las claves de la batalla, en tanto que Napoleón no podía arriesgarse a realizar ataques definitivos si no desalojaba previamente a las guarniciones de los tres grupos de edificios (o al menos uno de ellos), puesto que sin ello se expondría a ataques por el flanco y la espalda. El plan de batalla de Wellington era pues claramente defensivo, a la espera de recibir ayuda de su aliado prusiano, que debía llegar por el Este y desequilibrar la balanza, pasando ambos a la ofensiva.

Napoleón desplegó sus tropas frente a esta loma, en terreno ligeramente pendiente, y estableció su cuartel general en una posada llamada la Belle Alliance. A sus espaldas, hacia el Sureste, quedaba otra pequeña población de la que más adelante habremos de ocuparnos, Plancenoit.

Waterloo_inicio

El inicio de la batalla se produjo hacia el mediodía del 18 de junio. El motivo de la espera hasta hora tan tardía hay que buscarlo en que el diluvio de la noche previa había convertido el campo de batalla en un cenagal en el que costaba gran esfuerzo moverse tanto a hombres como a bestias de monta o de carga. Mover los cañones en esas circunstancias se hacía doblemente penoso, y reducía su eficacia, al absorber el terreno los impactos de las balas.

El primer movimiento se efectuó por parte de la artillería de la izquierda francesa, abriendo fuego contra las tropas situadas en las alturas al norte del complejo de edificaciones de Hougoumont. Inmediatamente después, columnas de infantería se lanzaron al asalto de la casa solariega, protegida por muros y un parque en su zona sur, de donde llegaba el ataque francés. El tira y afloja por parte de ambos bandos fue tan digno de reseñar que se ha llegado a hablar del asalto a Hougoumont como de una batalla dentro de otra batalla. Los franceses estuvieron a punto de lograr tomar los edificios principales, pero la resistencia fue feroz, y al enviar refuerzos desde la derecha inglesa, se consiguió rechazar el ataque. A pesar de las tremendas pérdidas sufridas por los defensores, Hougoumont quedó protegida por más de 1.500 fusileros tras el envío de refuerzos, lo que da una idea de la importancia que Wellington concedía a la conservación de este enclave en su poder.

Cruzando el campo de batalla hacia el Este se produjo el siguiente movimiento de ataque francés. El general D’Erlon lanzó un poderosísimo asalto con unos 14.000 infantes, precedido por un enorme bombardeo de artillería, para tratar de romper la línea aliada en la loma por encima de la Haye Sainte. La toma de esta granja se reveló tan complicada de conseguir como en el caso de Hougoumont. Entre las tropas aliadas encargadas de la defensa se distinguieron especialmente los batallones de la Legión Alemana del Rey. Pasando al Este de la granja, los franceses ascendieron y se enzarzaron en un durísimo intercambio de fusilería con las fuerzas belgas y británicas emplazadas tras el camino que atravesaba la loma, que fueron derrotadas.

Hacia las dos de la tarde, por tanto, la batalla estaba tomando un curso peligroso para el bando aliado: con Hougoumont fuertemente atacado, aunque no tomado, la Haye Sainte casi completamente envuelta por infantería y caballería francesas, y el camino de la loma tomado por la infantería francesa en la zona de la izquierda aliada. Entonces sucedió una de los numerosos giros en la suerte de esta batalla, siendo al tiempo una de sus acciones más famosas: la carga de la caballería pesada británica.

En un momento crítico en que la izquierda del ejército aliado corría el serio riesgo de quedar deshecha, el comandante de caballería inglés lord Uxbridge retrocedió hasta donde se hallaban dos brigadas de caballería pesada en reserva (unos 2.000 hombres) y ordenó una carga inmediata contra la infantería francesa que acababa de derrotar a la aliada. La Union Brigade – así llamada porque estaba compuesta de tres regimientos: uno inglés, otro escocés y otro irlandés – alcanzó una enorme fama por su acción en combate en Waterloo: se lanzó a la carga en una única línea, sin dejar siquiera un escuadrón de reserva, jugándose todo a una carta. El choque de las dos brigadas de dragones británicos contra los coraceros y la infantería franceses cogió plenamente por sorpresa a los segundos, y pese a que la carga no alcanzó más que un trote moderado por lo enfangado del terreno, quedó grabada a fuego en la memoria de los que la vivieron, apareciendo en numerosas fuentes procedentes de memorias de soldados tanto de un bando como del otro.

Scotland_ForeverLa carga del regimiento escocés con sus enormes caballos grises – de los que tomaba el nombre de Scots Greys – fue la más celebrada, entre otras cosas por haberse conseguido en ella la captura de un águila francesa (sólo se tomaron dos en toda la batalla). Tan dramático fue el choque que después de haber aplastado una brigada francesa, todavía arrollaron a un regimiento de otra brigada que, pese a haber formado un cuadrado defensivo, se deshizo ante el demoledor ataque de los escoceses. No contentos con ello, los Greys aún continuaron su enloquecida carga y llegaron a bajar la loma para atacar los cañones franceses que habían abierto el ataque una hora antes. Sin embargo, víctimas de su entusiasmo al no retroceder, fueron aniquilados por la reacción inmediata de un comandante francés de caballería ligera que lanzó contra ellos unos setecientos lanceros. Con sus caballos derrengados, sólo uno de cada tres escoceses sobrevivió al contraataque.

Tras estos intensos acontecimientos se produjo el segundo intento francés de tomar la Haye Sainte, con un vaivén continuo de ataques y contraataques en los que se repitió la escena anterior: con los franceses a punto de tomar el complejo de edificios, una carga de caballería británica volvió a poner la partida en tablas.

El tercer gran acto en esta dramática batalla lo iban a suponer las grandes cargas de la caballería francesa. Frente a la masa de jinetes que Napoleón pensaba lanzar en su contra, la infantería aliada no podía hacer más que esperar adoptando una formación en cuadrado, de los que en total aquella tarde se formaron nada menos que 36 (20 alemanes, 12 ingleses, 3 holandeses y 1 belga). Wellington no tuvo más remedio que hacer entrar en combate a casi todas sus reservas para afrontar el tremendo ataque de Napoleón.

Waterloo_cuadros

Las cargas sobre cuadros de infantería no eran sencillas, y tenían un componente psicológico difícil de percibir hoy en día. Los caballos no podían ser simplemente lanzados contra un muro humano erizado de bayonetas, por lo que sus jinetes tenían que aprovechar para atacar en aquellos cuadros en los que se percibiera algún hueco o indicios de ruptura. Si los soldados de algún cuadro no soportaban la presión y cedían a la desbandada, serían despedazados por la caballería, y hay que tener en cuenta que había muchos reclutas jóvenes que tuvieron su bautismo de fuego en esta batalla.

Entre las cuatro y las seis de la tarde hubo innumerables ataques de la caballería francesa, en la ligera pendiente que descendía desde la loma hacia Mont Saint Jean, que quedaba por tanto fuera del campo visual desde el cuartel general de Bonaparte. El propio Wellington hubo de refugiarse en uno de los cuadros, y llegó a decir más adelante que la caballería enemiga “paseaba entre nosotros como si fuera la nuestra”. Entre los veteranos que se lanzaron a la carga ese día, curtidos en los campos de batalla de toda Europa, se encontraban dos cuya historia merece ser destacada. Uno de ellos era un oficial de los Dragones llamado Melet y su caballo Cadet. Ambos habían luchado y sobrevivido juntos desde 1806, participando en doce grandes batallas comandadas por el propio emperador y una treintena de encuentros menores desde el Rin hasta España y luego a las lejanas y heladas estepas rusas, hasta que el animal cayó en las laderas del Mont Saint-Jean, para desconsuelo de su jinete, que aun estando gravemente herido no quería separarse del cadáver de su montura. Melet había llegado a cruzar las líneas enemigas rusas de noche durante la desastrosa retirada del ejército imperial en 1812 para conseguir forraje para su caballo, en circunstancias en que la muerte de un animal era recibida como una bendición por la tropa sin apenas provisiones y aterida de frío.

La otra historia es la de un sargento mayor de los Cazadores a Caballo de la Guardia Imperial, que combatía a lomos de un alazán llamado Bijou (Joya). Caballo y jinete estaban juntos desde que el veteranísimo sargento lo capturó en la famosa batalla de las Pirámides contra los mamelucos, en 1798. El caballo había salvado la vida del sargento en múltiples ocasiones en ese período de diecisiete años y fue otro de los pocos animales que se salvaron de la desastrosa campaña en Rusia en 1812. Tras cargar contra los cuadros de infantería británica, Bijou consiguió llegar de vuelta a las líneas francesas llevado de la rienda por su amo, que tenía el muslo izquierdo destrozado por un disparo. El soldado pretendía que un cirujano se ocupara del caballo antes que de él mismo, pues el animal arrastraba patéticamente las entrañas, desgarradas por el mismo disparo que había atravesado el muslo de su jinete. Sin embargo, un cañonazo acabó con el noble bruto antes de que pudiera ocuparse de él. Se comprende entonces que soldados duros y aguerridos llorasen sin consuelo ante la pérdida de sus amados corceles de batalla.

Los ataques de la caballería francesa fueron infructuosos y desde la perspectiva que da el tiempo, algunos historiadores han interpretado la prolongada acción contra los cuadros como un error que desgastó a la poderosa caballería napoleónica sin obtener ningún resultado, puesto que hacia las seis de la tarde no más de un cuarto de los jinetes que intervinieron en las famosas cargas estaba en condiciones de seguir combatiendo. Por ello es muy conocida la anécdota que sigue: en el punto culminante de la carga, el mariscal Ney solicitó al emperador más infantería con la que apoyar el ataque, a lo que éste habría contestado: “¡Más infantería! ¿Y de dónde queréis que la saque? ¿Queréis que la fabrique?”. Lo cierto es que contaba aún con la Guardia Imperial, que llevaba en reserva todo el día, pero no se decidía a emplearla por el riesgo de no tener con qué responder a un ataque prusiano desde el Este.

Aproximadamente a la misma hora en que se producía la primera de las cargas contra la infantería aliada, apareció por el Este la vanguardia de las tropas prusianas que se habían retirado dos días antes de Ligny hacia Wavre. Desde allí habían girado hacia el Oeste para aparecer en el momento preciso y lanzarse contra el ala derecha de los franceses. En torno a las cuatro y media de la tarde, estas fuerzas se dirigieron hacia la aldea de Plancenoit. Si la maniobra tenía éxito, envolvería a todo el ejército francés, cortando su línea de retirada.

Así las cosas, Napoleón decidió utilizar parte de sus preciosas fuerzas de reserva, las mismas que negó a Ney: 22 batallones de la Guardia Imperial. Cada batallón destinado a frenar la amenaza prusiana era un batallón menos para aplastar de una vez la resistencia de la infantería británica, holandesa y belga de Mont Saint Jean. Al no jugarse el todo por el todo en el principal de los dos frentes abiertos en ese momento, posiblemente fue en ese punto donde la suerte de la batalla se decidió.

El tramo final de la batalla comenzó pues con la lucha por la aldea de Plancenoit entre la Joven Guardia y las avanzadillas prusianas. Al mismo tiempo, se lanzaban los postreros ataques para conquistar de una vez la casa solariega de Hougoumont, que no se consiguió, y la Haye Sainte, que sí fue tomada tras haber prendido fuego a las casas. La defensa había durado todo el día, y la obstinación con que fue llevada a cabo provocó que los franceses no dieran cuartel a los defensores en retirada. Ahora la línea aliada estaba expuesta al fuego de artillería y a nuevos ataques de infantería y caballería. Un regimiento de soldados irlandeses allí situado recibió la orden de resistir a toda costa el resto de la tarde para impedir que el enemigo rompiera una vez más la línea por esa zona. El desgraciado regimiento 27º perdió en tres horas más de dos tercios de sus hombres: fue el más castigado de Waterloo.

La Joven Guardia había echado de Plancenoit a los prusianos, pero Blücher ordenó retomarla a cualquier precio. La lucha en toda la aldea fue épica, peleando casa por casa e incluso en el cementerio, hasta que finalmente los prusianos se hicieron de nuevo con el pequeño enclave. Napoleón reaccionó enviando a dos batallones de la Vieja Guardia, que por fin entraba en acción después de estar todo el día en reserva. Eran mil fusiles, poco más o menos, pero de una calidad insuperable.

Vieja_GuardiaSe trataba de la mejor infantería de la época. Veteranos con diez o más campañas, con una imagen fiera caracterizada por los frondosos mostachos y patillas, los enormes gorros de piel de oso y, sobre todo, una aureola legendaria que imponía un enorme respeto entre sus enemigos por su combatividad. Cobraban paga doble y recibían doble ración, por lo que eran envidiados en sus propias filas, pero en Plancenoit iban a demostrar por qué recibían ese tratamiento, y hasta qué punto eran leales a su emperador: esos mil hombres se bastaron para pasar literalmente por encima a los mismos prusianos que habían conseguido derrotar a la Joven Guardia. Los dos batallones de la Vieja Guardia rechazaron brutalmente a catorce batallones prusianos. En menos de media hora habían retomado la aldea, poniendo en fuga a fuerzas que les superaban en proporción de 7 a 1, y masacrando de tal modo a los prusianos que en las calles empedradas de Plancenoit se amontonaban los muertos y corría abundante la sangre. La situación volvía por enésima vez a las tablas.

A las siete y media de la tarde, todavía no se había decidido totalmente la batalla, pero se estaban produciendo acontecimientos definitivos: por el camino de Wavre seguían llegando refuerzos prusianos que iban a desequilibrar la balanza. Los hombres del general von Ziethen se dirigieron a la granja de Papelotte, conectando al fin las líneas británicas con las prusianas. A esas alturas, las tropas francesas que llevaban en batalla todo el día empezaban a estar exhaustas, y Napoleón decidió jugar su última baza: atacar a lo largo de toda la línea y utilizando a toda su infantería, incluida la Vieja Guardia. Si su ataque tenía éxito aunque sólo fuera en un punto de la extensa línea de Wellington, el efecto moral podía ser demoledor y darle la victoria.

La Guardia avanzó pues, granaderos y cazadores, en el espacio entre Hougoumont y la Haye Sainte, directa hacia los infantes y cañones aliados. Fue recibida con un espantoso fuego que la diezmó, pero prosiguió con tenacidad y valor. En ese punto, la brigada inglesa a la que se enfrentaba empezó a retroceder para salir del camino y ocupar una mejor posición, hecho que fue erróneamente interpretado como el inicio de una retirada. Los granaderos franceses estallaron en vítores, pero no pudieron aprovechar la situación porque en su flanco derecho apareció inopinadamente un batallón holandés dirigido por el joven príncipe de Orange, que lleno de juvenil entusiasmo se lanzó a la carga en el momento preciso.

A la izquierda de los granaderos, tres batallones de cazadores subían para apoyar el ataque, pero el primero de ellos se encontró con una brigada británica que se había situado cuerpo a tierra al otro lado de la loma. Al coronar los franceses la loma, los fusileros ingleses saltaron en pie y abrieron fuego a una distancia tan corta que el efecto fue devastador, comenzando un desorden en las tropas francesas que eventualmente degeneró en una precipitada fuga. El último batallón de Cazadores de la Guardia que seguía ascendiendo también fue detenido por ataques de infantería y artillería de frente y de flanco. Las pérdidas eran tan espantosas que, cuando los ingleses finalmente cargaron a la bayoneta, el último cuadro de la Guardia Imperial se deshizo y huyó. Lo imposible había sucedido: la más reputada infantería del mundo había sido derrotada y se daba a la fuga. La batalla estaba decidida.

Sin embargo, quedaba todavía por escribir una última y dramática página: los cuatro últimos batallones de la Vieja Guardia (unos dos mil hombres) que Napoleón había mantenido hasta el final como reserva se pusieron en acción para cubrir la retirada general. Una vez más los veteranos se hicieron respetar, retrocediendo sin perder la cohesión, en formación cuadrada para rechazar los ataques de la caballería aliada que se lanzaba sobre ellos. Hasta tal punto eran duros que testimonios tanto de británicos como de prusianos reflejan que en ese momento de persecución, todos prefirieron evitar a esta élite y tratar de atacar a otras unidades francesas menos aguerridas. La Vieja Guardia consiguió resistir hasta la caída del sol, para disolverse más tarde en la marea de prófugos que inundó los caminos hacia Francia. También tuvieron que retirarse de Plancenoit para no quedar copados por una marea de prusianos enormemente superiores en número. El propio Napoleón había abandonado su cuartel general en la Belle Alliance y se encaminaba hacia Francia, y en la posada se encontrarían poco más tarde los victoriosos generales Wellington y Blücher. La batalla que decidía el destino de Europa había finalizado.

Belle_Alliance_encuentroA partir de aquel 18 de junio de 1815, los vencedores de Napoleón intentaron hacer olvidar todo lo que Europa había vivido en los últimos 25 años, políticamente hablando: la Revolución Francesa y sus anhelos de libertad, igualdad y fraternidad, el Imperio y su aparentemente imparable conquista de Europa, que conllevó la expansión de las ideas revolucionarias y el despertar del nacionalismo ante las tropelías de los ejércitos franceses. Sin embargo, un cuarto de siglo tan deslumbrante como mortífero no podía caer olvidado tan fácilmente, de modo que las semillas de la revolución sembradas por la fugaz invasión napoleónica dieron lugar a numerosos alzamientos contra el absolutismo en la primera mitad del fascinante siglo XIX. El primero de ellos se daría en 1820 en España.

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