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Asociación cultural de Aikidô, arte marcial de origen japonés. Estamos en la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla.

Stephen Hawking o El Secreto de la Inmortalidad

Stephen Hawking, uno de los hombres clave para definir nuestra comprensión actual del universo, es un ejemplo de superación personal como pocos podemos encontrar en toda la historia de la humanidad.

El reciente estreno de una película sobre la vida de Stephen Hawking, coincidiendo con su 73 cumpleaños, ha disparado el interés por su dimensión humana y científica, y es que el astrofísico inglés tiene una historia personal y profesional fascinante, y es un ejemplo de superación contra circunstancias adversas.

Cuando al héroe homérico Aquiles le fue dada a conocer la disyuntiva de su destino, supo inmediatamente qué opción iba a tomar. Debía optar entre una vida breve y gloriosa, con una muerte en plena juventud que le aseguraría fama imperecedera, o una existencia oscura, como la de la mayoría de los hombres, con una muerte en la ancianidad rodeado de sus seres queridos y el olvido cuando el último de ellos muriese a su vez.

En una extraña jugada del azar, y a semejanza del héroe griego, Stephen Hawking pudo conocer de antemano cuál iba a ser su destino, aunque en su caso no parecía haber alternativa posible. Los médicos que diagnosticaron su enfermedad cuando apenas contaba 21 años pensaban que su esperanza de vida era de dos o tres años, en el mejor de los casos. Para él, la vida se acabaría también prematuramente, pero sin el consuelo de dejar huella imperecedera. No obstante, y contra todo pronóstico, Hawking no sólo ha llegado a la ancianidad, sino que también dejará fama perdurable, pues se ha convertido en uno de los científicos más populares y reconocidos del siglo XX.

Stephen Hawking, Imagen 1 :: Munen Do Aikido Sevilla La historia personal de Stephen Hawking es una lucha continua, primero contra la voluntad paterna de encaminar sus estudios hacia la biología. Más adelante, una pelea perdida de antemano contra una enfermedad cruel que enclaustró una de las mentes más lúcidas y brillantes del siglo XX – al menos en el campo de la ciencia – en un cuerpo progresivamente inerte, haciendo de su dueño una persona dependiente de la ayuda externa. Como si la degeneración de su musculatura fuera insuficiente, se añadió a ella la pérdida de su capacidad de comunicarse. Una traqueotomía le privó del uso de la voz, por lo que hubo de enfrentarse al problema de cómo comunicarse de nuevo con el resto del mundo. Al principio usó un método de deletreo, absolutamente frustrante, hasta llegar el sintetizador electrónico de voz que se ha convertido en un icono de su personalidad tanto como su postración en una silla de ruedas. Hawking se ha negado a actualizarlo pese a existir desde hace algunos años voces que no suenan tan “electrónicas” como la que se ha hecho famosa por su uso. Un aspecto que le añade a esta lucha aún más valor es el hecho de que Hawking necesita un minuto para expresar una media de tres palabras. Solo pensar que a ese ritmo haya conseguido una producción científica como la suya provoca aún más admiración. Al mismo tiempo, y como cualquier otra persona, el genial físico ha debido afrontar las circunstancias personales que se fueron presentando en su andadura por la vida, como las que hicieron terminar sus dos matrimonios. Pero probablemente su principal afán haya sido siempre el estudio y la investigación, por encima de cualquier otra cosa.

Para cualquier estudioso es fundamental mantener una permanente actitud de curiosidad hacia el objeto de estudio, sea éste el que sea. Esta actitud se puso de manifiesto desde su infancia en una vocación por la ciencia y la búsqueda de respuestas a enormes interrogantes, pues el joven Hawking perseguía nada menos que la comprensión del universo. Así, escogió la física y la astronomía porque le ofrecían la esperanza de comprender de dónde venimos y por qué estamos aquí. Donde mejor se aprecia este anhelo constante de conocimiento es en su afirmación: “tal vez haya conseguido hasta cierto punto entender las profundidades del universo, pero aún quiero saber muchas cosas” .

Tal vez el aspecto más llamativo del caso de Hawking es que, pese al sufrimiento que le ha deparado la enfermedad que padece, se ha enfrentado al mismo con una entereza digna de encomio. Fue al iniciar sus estudios en Cambridge, donde se decantó por la Cosmología y la Física de partículas elementales, cuando “se dio cuenta de que cada vez era más patoso”, según sus propias palabras. Durante su estancia en un hospital para un diagnóstico, Hawking fue testigo de la muerte por leucemia de un compañero de habitación, un joven al que conocía vagamente. Cuando le fue diagnosticada la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), se aferró al recuerdo de la muerte de ese muchacho, determinado a no caer en la autocompasión. Aún así, y frente a la comprensible conmoción inicial por las negras perspectivas que le daban los médicos, conocer a Jane Wilde, la que sería su primera esposa, supuso la inyección definitiva de moral que necesitaba: “Aquello me dio un motivo para vivir”. Igualmente, también la enfermedad cambió su modo de apreciar la realidad. Las certezas que había tenido hasta ese momento se diluyeron, iniciando una profunda maduración personal, incluyendo la propia forma de considerar sus estudios, puesto que “cuando uno se enfrenta a la posibilidad de una muerte temprana se da cuenta de que la vida vale la pena y de que quieres hacer muchas cosas.”

En su personalidad podemos encontrar uno de los rasgos que universalmente reconocemos a las personas dotadas de una gran inteligencia: un profundo sentido del humor. Por ejemplo, en su autobiografía señala: “Nací el 8 de enero de 1942, exactamente trescientos años después de la muerte de Galileo. Calculo que aquel día nacieron unos doscientos mil niños más, no sé si alguno de ellos más adelante se interesó por la astronomía.” O en una de sus más recientes entrevistas, concedida a un diario español, al ser preguntado sobre por qué no ha querido cambiar el acento americano de su sintetizador de voz por uno británico, contestaba con agudeza: “con el acento americano tengo mucho más éxito con las mujeres”.

Su sentido del humor no está reñido con la posesión de una fuerte personalidad, como refleja una anécdota relacionada con Galileo, tal vez el científico por el que siente una mayor admiración. Acababa de ver un documental en televisión sobre la condena por el Vaticano al científico italiano del siglo XVII por la publicación de sus teorías – fue condenado a arresto domiciliario de por vida – cuando le informaron de que la Academia Pontificia de las Ciencias le había concedido la medalla Pío XI. Estuvo a punto de rechazar el honor, pero finalmente pensó que la postura de la Iglesia sobre el caso de Galileo estaba cambiando para esa época (1986), por lo que acabó aceptando, aunque una vez se encontró en Roma, pidió que le mostraran las actas del juicio conservadas en la Biblioteca Vaticana.

La primera de sus grandes aportaciones a la ciencia tuvo lugar a principios de los años 70, cuando un día de modo fortuito – estaba preparándose para irse a dormir – descubrió la forma en que podía comenzar a formular su teoría de los agujeros negros. Cerrando la década, fue elegido para la Cátedra Lucasiana en Matemáticas de la universidad de Cambridge, puesto que había sido ocupado en su día por su admirado sir Isaac Newton. La ocupó durante treinta años, y dimitió de la misma en 2009, siguiendo la tradición que obliga a su titular a dejarla al cumplir 67 años. Sin embargo, lo que hizo de Stephen Hawking el personaje famoso y reconocido que es hoy en día fue el éxito de ventas de “Historia del tiempo” (A brief history of time). Publicado en 1988, el libro lo catapultó a la fama para el gran público, consiguiendo acercar la ciencia a millones de personas.

Stephen Hawking, Imagen 2 :: Munen Do Aikido Sevilla Un papel involuntariamente jugado por Stephen Hawking ha sido el de representar a la Ciencia en el debate contemporáneo establecido entre ésta y la Religión. En este sentido, es muy conocida su siguiente afirmación en “Historia del tiempo”: “(…) Durante la década de los setenta me dediqué principalmente a estudiar los agujeros negros, pero en 1981 mi interés por cuestiones acerca del origen y el destino del universo se despertó de nuevo cuando asistí a una conferencia sobre cosmología, organizada por los jesuitas en el Vaticano. La Iglesia Católica había cometido un grave error con Galileo, cuando trató de sentar cátedra en una cuestión de ciencia, al declarar que el Sol se movía alrededor de la Tierra. Ahora, siglos después, había decidido invitar a un grupo de expertos para que la asesorasen sobre cosmología. Al final de la conferencia, a los participantes se nos concedió una audiencia con el Papa. Nos dijo que estaba bien estudiar la evolución del universo después del “big bang”, pero que no debíamos indagar en el “big bang” mismo, porque se trataba del momento de la Creación y por tanto de la obra de Dios. Me alegré entonces de que no conociese el tema de la charla que yo acababa de dar en la conferencia: la posibilidad de que el espacio-tiempo fuese finito pero no tuviese ninguna frontera, lo que significaría que no hubo ningún principio, ningún momento de la Creación. ¡Yo no tenía ningún deseo de compartir el destino de Galileo, con quien me siento fuertemente identificado en parte por la coincidencia de haber nacido exactamente 300 años después de su muerte!”.

Sin embargo, es necesario señalar que posiblemente el sentido original de la respuesta del Papa Juan Pablo II no era que no se “debía” indagar, sino que no se “podía”, en el sentido de lo que él consideraba una incapacidad de la ciencia para hacerlo. También es digno de ser destacado que al parecer, fue esa iniciativa del Vaticano la que reavivó el interés de Hawking por el tema del comienzo del universo, lo cual a la larga benefició a la ciencia con sus brillantes teorías. Posteriormente en su última obra, El gran diseño (2010), afirmó que el Universo puede crearse de la nada, por generación espontánea, y que la idea de Dios no es necesaria para explicar su origen, con lo que el ateísmo del científico quedó reafirmado de forma categórica.

Stephen Hawking recibe la Medalla de la Libertad de manos del Presidente de Estados Unidos, Barak Obama, 2009 :: Munen Do Aikido Sevilla Al echar la vista atrás, Hawking hace un resumen de sus logros vitales y de las circunstancias fundamentales que le han marcado en su vida; no solamente su discapacidad, aunque por razones obvias sea una de ellas, sino también el hecho de haber tenido éxito y ser reconocido mundialmente. A este respecto, considera que ha cubierto satisfactoriamente sus horizontes y expectativas vitales, a pesar de su discapacidad e incluso, en parte, gracias a ella, puesto que ello le ha permitido dedicarse por completo a la investigación. Por todo ello, posiblemente no muchos hombres con impedimentos físicos similares a los suyos suscribirían las rotundas palabras finales de su autobiografía: “He tenido una vida completa y satisfactoria. Creo que los discapacitados deberían concentrarse en las cosas que su discapacidad no les impida hacer y no lamentarse por las que no puedan hacer. En mi caso, he conseguido hacer la mayoría de cosas que quería. (…) Soy feliz y he aportado algo a nuestra comprensión del universo.”

Hawking ha conseguido elevarse al rango de figura universalmente reconocida tanto por su dimensión académica como por la humana. Su constante lucha por continuar su actividad intelectual ha corrido pareja a la de obtener el mayor confort posible dentro de su delicada situación personal. Ese hombre frágil, incapaz de desempeñar por sí solo la mayoría de actividades diarias o gestos comunes para la mayor parte de la Humanidad debido a su discapacidad, es sin embargo un titán de la ciencia. Un gigante del pensamiento que ya ha conseguido que su nombre y su legado perduren como uno de los pensadores clave de la Historia Contemporánea, añadiendo su nombre a una lista a la que es extremadamente difícil acceder, a lo que se suma el reconocimiento que supone ser el primero que es capaz de exponer sus teorías de forma inteligible para el gran público no especializado. Tal vez ahí radica el verdadero secreto de la inmortalidad, como supo intuir Aquiles: que tu nombre sea recordado en las generaciones futuras.

 
Francisco Trigo Romero
Profesor de Historia y Geografía en Enseñanza Secundaria
Vélez-Málaga, Málaga

2 Comentarios

  1. Fiylnla! This is just what I was looking for.

  2. ES UN EJEMPLO PARA TODOS LOS SERES HUMANOS

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