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Asociación cultural de Aikidô, arte marcial de origen japonés. Estamos en la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla.

Bushido

LAS VIRTUDES DEL BUSHIDO EN LA HISTORIA DE OCCIDENTE

Francisco Trigo Romero :: © Munen Do AikidoHace unos meses, mi amigo Álex Mora me hizo una llamada para pedir un pequeño favor. Tenía un blog sobre Aikido y cultura oriental, y quería que le echara una mano publicando en él un artículo en el que tratáramos alguna cuestión relacionada con la Historia que pudiera interesar a los lectores de Munen Do.
 

Lo que en principio iba a ser un artículo aislado se convirtió, gracias a nuestra mutua afición por la Historia, en un proyecto de sección web donde periódicamente queremos ofrecer una mezcla peculiar entre la fascinante cultura del Lejano Oriente y la historia occidental: ejemplos de acontecimientos históricos de Occidente, grandes o pequeños, donde se reflejen los valores o virtudes del ancestral código del guerrero japonés, el célebre Bushido.
 
Francisco Trigo Romero
Profesor de Historia y Geografía en Enseñanza Secundaria
Vélez-Málaga, Málaga

 

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Waterloo, el último combate de la Vieja Guardia

Publicado por :: 18 junio, 2015 en Blog, Bushido | 0 comentarios

Waterloo, el último combate de la Vieja Guardia

Napoleón Bonaparte figura en lugar destacado en la historia militar. No en vano el pequeño corso tuvo en su puño a media Europa a principios del siglo XIX. Entre 1804 y 1815, el Imperio francés hizo frente a diversas coaliciones de naciones europeas que se oponían a la expansión de las ideas liberales heredadas de la República nacida de la revolución a partir de 1792. La respuesta francesa fue un expansionismo territorial que llevó a toda Europa a una guerra casi ininterrumpida hasta la derrota definitiva del genial militar corso en la batalla de Waterloo. Pese al aura de invencibilidad que rodeaba al gran estratega, Napoleón ya había sido derrotado antes de Waterloo. En 1813 tropas de la Sexta Coalición cercaron y derrotaron cerca de Lepzig al ejército francés en la llamada Batalla de las Naciones, lo que condujo a la abdicación del Emperador pocos meses más tarde, ya en 1814, y su primer exilio en la isla de Elba. Sin embargo, tras unos meses en la pequeña isla italiana, Napoleón escapó y se inició el período final de su monarquía, el llamado “Imperio de los Cien Días”, entre marzo y junio de 1815. En cuanto tuvieron noticias del regreso al poder de Napoleón, las cancillerías de Gran Bretaña, Austria, Rusia y Prusia – las naciones que le habían derrotado – iniciaron una actividad frenética renovando su alianza y comprometiéndose a movilizar un inmenso ejército de 150.000 hombres cada una para invadir Francia y aplastar definitivamente la amenaza de Bonaparte. Sin embargo, a principios de junio la mayoría de esas tropas todavía estaban atravesando Europa desde las lejanas Rusia y Austria, de modo que sólo dos de los cuatro ejércitos se habían reunido en las fronteras belgas: uno de ellos estaba al mando de Arthur Wellesley, duque de Wellington, y comprendía una amalgama de tropas británicas, belgas, holandesas y de varios estados alemanes, en total unos 100.000 hombres. El otro ejército era prusiano, al mando del anciano pero enérgico mariscal de campo Gebhard Leberecht von Blücher, con unos 117.000 hombres. El plan de Napoleón al invadir territorio belga el 15 de junio de 1815 era enfrentarse a esos ejércitos por separado, puesto que su Armée du Nord, integrada por unos 124.000 soldados, podía razonablemente batirlos uno a uno. Para ello era fundamental evitar que pudieran ponerse en contacto y presentar batalla juntos, dado que de ese modo los aliados tendrían una ventaja numérica abrumadora. El 16 de junio se produjeron dos importantes acciones donde el ejército francés se enfrentó al ejército comandado por Wellington en la población de Quatre-Bras, y al prusiano en la de Ligny, para evitar que se unieran. Como consecuencia de ello, ambos aliados se retiraron derrotados hacia el norte en paralelo por caminos separados: Wellington hacia Mont Saint Jean (Waterloo) y Blücher hacia Wavre. Napoleón esperaba el movimiento del general inglés para defender Bruselas, pero no contaba con que Blücher se retirara hacia el norte, sino hacia el este, donde había estado acuartelado. Este hecho es clave para comprender mejor la batalla que se daría al cabo de dos días, el 18 de junio, en Mont Saint Jean. Las cifras sobre la composición de los ejércitos que se enfrentaron en Waterloo varían de unos estudios a otros, y en cualquier caso no coinciden en cuanto...

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Una Historia de Coraje

Publicado por :: 22 enero, 2015 en Bushido | 5 comentarios

Una Historia de Coraje

El 21 de octubre de 1805 se produjo el último gran combate naval protagonizado por barcos de vela de la historia, la batalla de Trafalgar. Se enfrentaron a pocas millas del cabo Trafalgar, en pleno golfo de Cádiz, las flotas combinadas de Francia y España contra la Royal Navy de Gran Bretaña, que obtuvo una resonante victoria con la que se aseguró el control de los mares para lo que quedaba de siglo XIX. Para la Armada Española supuso el fin de una de las épocas más gloriosas de su dilatada historia, iniciada más de medio siglo antes con el renacimiento de la Armada auspiciado por el Marqués de la Ensenada. En gran medida ese fin de una época estuvo marcado por la muerte de grandes marinos que eran al mismo tiempo hombres ilustrados, dignos hijos del siglo de las Luces, y que dirigieron los navíos españoles en la batalla. Cayeron entre otros el propio Cosme Churruca, Dionisio Alcalá-Galiano, Francisco Alcedo o el capitán general Federico Gravina, si bien este meses después de la batalla a resulta de sus heridas. Dos días antes de la batalla, el 19 de octubre, la flota franco-española salía del puerto de Cádiz, con la flota británica a la espera. El almirante francés Villeneuve, al mando de la flota combinada, dio orden de zarpar pese a la oposición de sus aliados españoles, que preferían no hacerlo por entender que ello daba ventaja a la flota británica, debido a varios factores: se esperaba mal tiempo – efectivamente tras la batalla se desencadenó una fuerte tormenta que hizo que los buques más dañados se hundieran –, naves y tripulaciones del bando continental no estaban a punto, y los vientos del Oeste daban el barlovento a la flota británica, y con ello la iniciativa en el combate. El San Juan Nepomuceno, comandado por Churruca, era un buque idóneo para ser destacado en misiones de observación o caza por sus excelentes condiciones marineras. De hecho, la historia de esta famosa batalla naval podría haber sido otra distinta si por órdenes directas de sus superiores Churruca no hubiera tenido que abandonar la caza de una fragata inglesa a la que estuvo a punto de apresar a finales de agosto de 1805. Según revela una carta del brigadier: “(…) Gravina particularizó la señal dirigiéndola al San Juan para que me retirase. Entonces no pude ya dispensarme de obedecer, y lo hice de malísima gana, no tanto por la presa que me quitaban, como porque yo quería ser el cebo de la escuadra inglesa, a fin de que por defender su fragata me atacasen, y empeñarla así con toda la nuestra” . El San Juan navegaba en vanguardia de la flota, hasta que Villeneuve decidió virar en redondo y poner nuevamente rumbo a Cádiz, maniobra que dejó la flota desordenada y con numerosos buques sotaventados (recibiendo el viento en contra del sentido de la marcha); las maniobras en esas circunstancias se hacían más difíciles, máxime cuando la mayoría de las tripulaciones no tenían experiencia, por lo que el propio Churruca habría manifestado a sus oficiales al divisar la orden de virar: “El almirante francés no conoce su oficio. La flota está perdida. Nos ha comprometido a todos” . Esta virada en redondo invirtió el orden de toda la flota y dejó...

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El Honor del Auténtico Guerrero

Publicado por :: 11 septiembre, 2014 en Bushido | 3 comentarios

El Honor del Auténtico Guerrero

La guerra y el conflicto son constantes en la Historia humana. Pese a que la guerra es un desastre de proporciones terribles, resulta llamativo que en diferentes épocas y lugares se haya llegado por parte de los contendientes a desarrollar y seguir un código que perseguía la dignificación de la práctica bélica, y más importante aún, la preservación de la humanidad de los guerreros. No se trata de convertirse en una “máquina de matar” desprovista de emociones, sino de ser un guerrero que pelea según un código ético, que tal vez sea lo único que le permita poner su conciencia en paz tras las tremendas emociones y atrocidades que depara la guerra. El Budo japonés es uno de estos códigos, pero evidentemente no el único. La Segunda Guerra Mundial está llena de anécdotas y memorias de soldados de todos los países participantes en los que queda patente esta actitud. Uno de esos casos fue protagonizado por un piloto norteamericano y otro alemán sobre los cielos del norte de Alemania a finales de 1943. Uno de los pilotos era el teniente Charles L. Brown, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. El 20 de diciembre de 1943, en plena campaña de bombardeos aliados sobre Alemania, estaba a los mandos del B-17 Ye Olde Pub, regresando de una misión de bombardeo de una fábrica de aviones en Bremen. La fortaleza volante, que había sufrido el fuego antiaéreo de lleno, se encontraba en un estado calamitoso, con daños muy serios en motores, fuselaje, cabina y estabilizadores de cola, mientras que la tripulación se hallaba en unas condiciones lamentables: el artillero de cola muerto, seis tripulantes heridos (uno de ellos el propio Brown) y tres incólumes, pero sufriendo como los demás el frío terrible que entraba por los agujeros del fuselaje y la cabina, y el miedo a que en cualquier momento el aparato se precipitara y acabara con todos. Para colmo de males, los instrumentos de navegación estaban afectados por el fuego enemigo, y el avión volaba en dirección errónea, internándose en Alemania. El bombardero aliado pasó en su vuelo sobre un aeródromo militar alemán, y en ese momento entró en escena el segundo protagonista: el as de la Luftwaffe Franz Stigler, que despegó su caza Messerschmitt Bf-109 para derribar el avión incursor. Al acercarse al B-17, Stigler pudo observar el estado del avión enemigo y sus tripulantes, y decidió no sólo que no lo derribaría, sino que lo escoltaría para ponerlo en rumbo adecuado para que regresara a su base, si podía mantenerse en vuelo. El alemán se situó a la vista de los aterrados ocupantes de la cabina del bombardero, e hizo señas con las manos para indicar que debía cambiar de rumbo. Cuando consiguió hacerse entender, escoltó hasta el Mar del Norte a su enemigo. Entonces se despidió y regresó a su base, donde informó de que había derribado el B-17 sobre el mar. De haberse sabido lo que realmente había ocurrido, hubiera sido sometido a consejo de guerra y, con toda probabilidad, fusilado. Stigler había servido en el frente del Norte de África a las órdenes de otro as, Gustav Rödel, que tuvo una profunda influencia en su vida durante y después de la guerra. Rödel y muchos otros pilotos de su generación habían crecido con las historias...

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